CAPÍTULO I – El ejército de Ruernphas

Los grandes portones del castillo de Ruernphas, trabajados en un oscuro metal, giraron sobre sus enormes goznes. Sus proporciones eran desmesuradas. Cada una de las dos puertas medía más de veinticinco metros de alto por quince de envergadura. Su grosor excedía de los dos metros. El ruido que los pesados pernios realizaron, estridente, enturbió el acompasado son que la delicada lluvia, aunque incesante, provocaba al chocar contra las rocas, los árboles y el ancho río que lamía los cimientos del ala sur de la ciudadela.
Una vez quedó abierto el único acceso a la fortaleza de Ruernphas, el tiempo pareció detenerse. Sólo el rumor del agua, que del encapotado cielo caía, osaba quebrantar ese silencio expectante. En esa calma, un atronador cuerno quebró, con su monótona voz, la noche.
Los cascos, metódicos, de miles de caballos comenzaron a chocar, despreocupados, contra el suelo; formando en el ambiente un ritmo preparado para alimentar el miedo de sus enemigos a la vez que reforzaba, en ellos, el valor y la entrega.
Bajo el arco del portón, comenzaron a aparecer los jinetes. El primero de ellos mantenía alzado el estandarte del reino. En él, bajo un fondo de color negro, se mostraba un triángulo equilátero e invertido de color esmeralda en el que figuraba una rama de olivo tejida en fino hilo de plata verde. La humedad del agua evitaba que ondeara con vanidad. Tras el portaestandarte de Ruernphas, apareció la caballería del reino.
Bajo la constante lluvia, los caballeros avanzaban vigorosamente aderezados con unas pesadas armaduras de color negro. Los yelmos, con forma de prisma de base hexagonal, quedaban gobernados en su calva, donde se unían las aristas del casco —justo en la parte superior y en un único vértice—, por un fuerte crestón del que nacían unos largos penachos verdemar en diversas tonalidades. Las bestias que montaban eran corceles majestuosos. No podían, sin embargo, ser comparadas con las del Reino de Gishonsda. No obstante y a pesar de esto, se apreciaba en ellas la altivez de unas nobles criaturas. Al igual que sus jinetes, éstas se encontraban, también, armadas. Las testeras, fabricadas en el mismo metal negro, dibujaban filigranas a lo largo de toda su superficie para terminar por ornar, graciosamente, sus centros; allá donde se reflejaba con claridad el Triángulo de Ruernphas. Sobre la capizana, asomaban pequeños salientes en forma de garra que apuntaban hacia atrás; imitando a las escamas de los viejos dragones. Su color negro brillaba a la tenue luz de algún remoto relámpago que, inmediatamente, daba paso al murmullo de algún lejano trueno que, sin embargo, no lograba inmutar, en absoluto, a las monturas.
Con sobriedad, al cabo de varias hileras de soldados, el rey atravesó los muros de su ciudadela montado sobre un enorme corcel de color marrón que, destacando entre los demás por su gran tamaño, avanzaba con orgullo. Su capa, de color escarlata, se ceñía a sus anchas espaldas a causa de la humedad que la lluvia provocaba. Asimismo, los penachos verdes de su yelmo habían perdido su elasticidad y, ahora, caían inertes a lo largo de la cara posterior de su casco. Dado que mantenía la visera del yelmo levantada, descubriendo así su rostro, se podía contemplar, con relativa sencillez, su fisonomía. Su piel, habitualmente clara, se mostraba en ese momento tan lívida que cualquiera podría haber afirmado que, jamás, hubiera corrido sangre alguna por sus venas; tal era la marmórea palidez, hornada por su tosco ademán, de su semblante. Pegados a sus mejillas, a causa del sudor y de la lluvia, asomaban unos mechones de cabello rubio ceniza que trataban de abandonar la opresión del casco. La forma de su cabeza, alargada —aunque ancha en su parte inferior debido a sus desproporcionadas mandíbulas— quedaba acentuada por una fina barba que cubría su fuerte mentón. Su mirada se mantenía dura y orgullosa y, sin prestar atención a su alrededor; clavándose en un punto indeterminado que se ocultaba hacia el noreste, ésta trataba de atravesar las tropas que le precedían para perderse más allá de donde cualquier otro de sus hombres se hallaba en aquel instante; perdiéndose, sin duda alguna, junto con sus pensamientos.
En torno a él, se encontraban diez de, sin duda alguna, los mejores caballeros de Ruernphas. Todos ellos conformaban su séquito real. Grandes señores de reinos federados que, unidos, formaban el gran Imperio de Ruernphas. Llamaba, sin embargo, la atención la figura que, a la izquierda del rey, cabalgaba. Se trataba de un joven de no más de dieciséis años. Al igual que el resto de hombres, él también vestía una robusta armadura, adaptada meticulosamente para un muchacho de su tamaño, del mismo metal de color negro. Su cabeza quedaba cubierta por un yelmo que, al igual que el del rey, quedaba encumbrado por una pequeña corona trabajada en plata de fuego. Al llevar, igualmente, la visera levantada, se podían observar las grandes similitudes entre el muchacho y su padre. El ancho mentón, los ojos de un pálido azul —demasiado juntos el uno del otro—, la nariz pequeña y unas espesas cejas que quedaban unidas, en su ceño, mediante unos diminutos vellos de un color casi blanco.
Tras ellos y lentamente, fueron traspasando los grandes portones más de treinta mil soldados de diferentes rangos y funciones, antes de que, para cerrar la comitiva, desfilara un importante número de ganaderos, con sus reses, de agricultores y de artesanos, llevando consigo sus enormes herramientas cargadas en carromatos, y varios centenares de muchachos que albergaban la esperanza de hallar una oportunidad en aquella empresa que se mostró, con sencillez, como el inicio de un asedio.
Así, pasaron más de tres horas desde que el primer estandarte del reino apareciera, orgulloso, frente a la fortaleza, hasta que el último de los muchos carros que transportaban los alimentos y medicinas cruzase los portones de la ciudadela de Ruernphas.
Los goznes giraron sobre sí mismos hasta que el fuerte impacto de los enormes portones retumbó en mitad de la oscuridad, cerrando el acceso al reino.
— ¿Estás nervioso, hijo mío? —preguntó el rey a su hijo Dromses, mientras lo miraba con un orgullo contenido.
—No, padre. —Hizo una pausa y, después, como hablando consigo mismo, prosiguió—. Ardo en deseos de llegar.
El padre, sintiéndose complacido con la respuesta de su hijo, dio un leve golpe en el hombro derecho de éste con un orgullo contenido. Entonces, una sonrisa fatua se dibujó en su rostro; dejando ver, con evidente claridad, una expresión más que simple en él que, como siempre, ocultaba ligeramente la corona de su yelmo.

Cuando ya habían pasado algunas semanas desde su partida, cierto día, tras haber viajado toda la noche, decidieron acampar al amanecer. La lluvia, que les había acompañado durante gran parte de las jornadas, parecía haber desistido en proseguir aquel viaje. Sin embargo, el encapotado cielo, cubierto por plomizas, negras y densas nubes, parecía amenazarles en su marcha con nuevos torrenciales de agua. Así, de aquella manera, resultaba imposible vislumbrar el sol desde el alba hasta el ocaso; emponzoñando el ambiente que regía sobre el avance de la enorme tropa.
El rey, como siempre que acampaban solía hacer, mandó oteadores hacia el norte, el este y, con especial interés, hacia el noreste. Era entonces, mientras aguardaban el regreso de los enviados, cuando algunos soldados se dedicaban a descansar, otros a limpiar sus armas y sus enseres y el resto, la mayoría de todos ellos, se reunían para jugar a dados mientras bebían dulces y olorosos licores hasta la embriaguez. En aquellos instantes, el aspecto físico de la mayoría de aquellos hombres, poco atrayente de por sí, resultaba más desagradable: sus rostros, fríos, se mostraban anodinos; su tez, nacarada, palidecía hasta la afección, contrastando con unos pequeños ojos de color azul que, sin embargo, no denotaban inteligencia alguna —pues parecían apagados—; sus rubios cabellos, grasientos y apelmazados, caían lánguidos sobre sus anchos hombros; sus manos, aunque fuertes, eran rudas y robustas pese a que, la mayoría de ellos, jamás había realizado el duro trabajo artesanal que las castiga hasta la deformación. Simplemente, sus cuerpos eran toscos; al igual que su carácter.

Cuando regresaron los últimos informadores, era ya mediodía y el cielo se oscurecía cada vez más a causa de la incesante acumulación de grandes nubes. Éstos fueron los que partieron al este.
Tras esperar a que el rey fuera informado de su regreso y les concediera permiso para exponer las nuevas de las que tenían que hablar, un ujier hizo acceder a dos jóvenes —en representación de su pequeña avanzada— al interior de la tienda real. Dentro, encontraron a doce hombres devorando, ávidamente, las carnes que humeaban en sus platos dorados. Los siervos escanciaban, incesantemente, el vino en las copas de la docena de comensales, poniendo especial atención en su señor y en el joven príncipe. Lo primero que hicieron al penetrar los oteadores en el interior de la tienda fue flexionar su rodilla izquierda y postrarse, con humildad, ante su señor; sin lograr impedir, no obstante, que el aroma de aquel suculento banquete les recordara que no habían probado más que algún liviano refrigerio durante más de dieciséis horas. El rey, sin percatarse de ello o, tal vez, ignorándolo, hizo, no obstante, un gesto a uno de los sirvientes que, presto, sirvió dos copas de vino a sendos soldados. Éstos, ante un movimiento de cabeza del monarca, se incorporaron, tomaron las copas y las vaciaron en sus gaznates sin
dilación. El dulce vino descendió ruidosamente por sus gaznates; a la vez que derramaba, toscamente, algún reguero rojizo desde la comisura de sus labios hasta el pecho.
— ¿Y bien? —habló el rey, mirando inquisitivamente a los enviados. Su hijo, Dromses, aguantaba casi la respiración; expectante.
Uno de los jóvenes; tras haber terminado de apurar el contenido de la copa, sorbiendo ruidosamente de ésta, se limpió la boca con el reverso de su mano derecha y habló:
—No sabemos de quién se trata, señor. —Se detuvo un instante antes de proseguir—. Hemos divisado, no obstante, la figura de tres jinetes que se dirigen hacia aquí.
— ¿Reconocisteis alguna criatura entre sus pertenencias?
—Lo lamento señor —respondió, sin titubear, el oteador—, pero no pudimos reconocer nada debido a que no osamos acercarnos demasiado para, así, evitar que nos descubrieran y que, entonces, decidieran modificar su rumbo.
— ¿Sabéis cuándo llegarán? —le interrumpió el monarca, pasando por alto su última respuesta; evidenciando que no le importaba.
—Iban a paso muy lento, majestad —irrumpió el otro joven, a la vez que se inclinaba ante su señor, al ver a su compañero con las últimas palabras que había pronunciado, aún, masticadas entre sus labios—. Puede que lleguen a la caída del sol.
— ¡Bien! —Palmeó sonoramente—. Para entonces, habremos de estar listos para partir…sea adonde deba ser. —Una expresión extraña y desagradable se mostró en su rostro, haciendo que los oteadores tensaran los músculos de sus espaldas.
»Podéis ir a descansar, soldados —los despidió mostrando el reverso de su mano derecha, haciéndola vibrar arriba y abajo—. ¡Quizá, no sean tan estúpidas como yo creí! —dijo mientras volvía a girarse hacia su guardia a la vez que un sonoro coro de carcajadas brotaba de las gargantas de la mayoría de aquellos recios hombres.
Sin embargo, mientras la gran parte de aquéllos reía, Dromses permaneció callado y con la mirada perdida en su plato hasta que, tras unos breves segundos, un bocado a la paletilla de cerdo que hacía chorrear grasa por sus manos le sacó de su ensimismamiento.

El sol comenzaba a declinar, oculto tras negras y toscas nubes, tras los Montes del Olvido; que reinaban, lejanos, en el oeste. El campamento ya había sido levantado y el ejército esperaba, silencioso y expectante, la visita de las tres figuras que, lentamente, ascendían hacia la cima de la pendiente en la que ellos se encontraban. Unas tímidas gotas de agua comenzaron a caer del cielo.
— ¡Deteneos en nombre del Gran Rey de Ruernphas! —gritó una vigorosa voz, cuando los tres jinetes se encontraban a solo veinte metros de la cúspide.
Pareció como si los tres viajeros no le hubieran sentido y, de aquella manera, prosiguieron avanzando con su tranquilo y sosegado ritmo de viaje; ascendiendo hasta donde se hallaba aquel ingente número de hombres.
— ¡Deteneos ahora, en el nombre del Rey! —repitió, con mayor intensidad, el soldado.
Los diez adalides del rey, como si de uno sólo se trataran, desenvainaron sus espadas. El brillo de los metales se intensificó bajo la luz de un relámpago que, acto seguido, dio
paso a un estrepitoso trueno. Los viajeros, habiéndose acercado a cinco metros escasos de los valerosos soldados, se detuvieron.
Se trataba de tres jóvenes envueltos en oscuras capas. Los dos que cerraban la marcha hacían uso de sendas capuchas que ocultaban parcialmente el rostro, para uno, y en su totalidad, para el segundo. El que abría la marcha vestía una capa de un color marrón; pese a que su tonalidad era tan oscura que, bajo la debilitada luz, se confundía con la negrura de una noche cerrada y sin estrellas. Su cabeza quedaba gobernada por un sombrero, en el mismo color que el de la capa, ancho y grande, con una copa acabada en un gran pico que se retorcía hacia atrás. La sombra que su ala proyectaba sobre el rostro de su portador impedía que los ojos de éste se vieran con claridad. Sin embargo, el brillo que de éstos refulgía desprendía tal fuerza que hizo que aquellos gallardos soldados vacilaran por un instante.
La mano, fuerte y robusta, del jinete se mostró, extendida boca abajo, para exhibir un gran anillo labrado en una oscura piedra. La luz de un relámpago oportuno descubrió su color pardo.
— ¡El Siervo de la Tierra! —clamó la voz de un hombre de mediana edad, que se encontraba en primera línea, tras reconocer al mago. El séquito personal del rey buscó la mirada de su monarca. Al no hallarlo entre ellos, titubearon y, pasados un par de segundos, las espadas desnudas volvieron, al unísono, a sus respectivas vainas.
El rey, que hasta ese momento se había mantenido, junto con su hijo, en la retaguardia, avanzó hacia los viajeros. Sus hombres se hicieron a un lado para dejarlo pasar.
— ¡Salve, Maestro de la Tierra! —dijo el rey en un tono frío y seguro.
El rostro del mago quedó al descubierto cuando éste irguió, por completo, su cabeza. Sus ojos, color miel, desprendían una fuerza y una inteligencia tal, que no podía ser comparada, sino con la sabiduría de la Madre Naturaleza. El corte de su rostro era, sin embargo, bonachón. Sus mejillas, tímidamente sonrosadas por el frío, recortaban una cara levemente redondeada. Su mentón quedaba cubierto por una ligera y muy bien cuidada barba de no más de una pulgada de longitud. Un bigote, partido en dos, se deslizaba por encima de su labio superior.
—Un mago nunca es maestro de nada; sino siervo del Saber, del Conocimiento y del Respeto —dijo Jorshunsda en un tono calmado pero firme.
El silencio se apoderó del lugar.
El rey sintió un frío en su espinazo. Jamás admitía reprimenda alguna en su juicio o en sus expresiones. Además, sentía que se le insultaba, doblemente, al tener que soportarla delante de todos sus hombres, los cuáles, indudablemente, prestaban atención y murmuraban lo escuchado a los compañeros que no habían podido oír las palabras de ninguno de los interlocutores. Su expresión trató de contener el odio que corría, entonces, por sus venas.
Tras un tiempo, que él creyó prudente, volvió a hablar:
—Veo que el Concilio de los Sabios —hizo especial hincapié en esta última palabra, de modo que sonara en un tono impertinente—sabe acatar y resolver sus carencias con una prontitud que ya deseáramos recibir cuando reclamamos su ayuda —sentenció, en tono burlón, al tiempo que retorcía su rostro sobre sus hombros, alternativamente a
derecha e izquierda, para que sus fieles compartieran lo que consideraba algo digno de un gran ingenio.
—Esa ayuda no debería ser deseada si los conflictos para los que nos llamáis —las risas que comenzaban a brotar entre aquellos guerreros quedaron sesgadas súbitamente— no fueran creados a partir del odio, la codicia y la incompetencia de los gobernadores de los pueblos —habló, de nuevo, Jorshunsda en su invariable tono sosegado; que hacía más humillantes sus vocablos para con su interlocutor.
El rey quedó inmóvil y sin palabras ante la respuesta del mago. Su piel, nacarada, quedó aún más lívida de lo que habitualmente se mostraba y, en sus pupilas, se dibujó una aversión y un rencor de tal inmensidad que, de haber podido, hubiera derribado a su rival sólo con su aliento.
Entonces, Dromses avanzó, decidido y sin vacilar, hacia el mago, mientras su diestra desenvainaba la espada que había quedado, hasta entonces, tranquilamente apoyada sobre el flanco izquierdo de su cadera. Nadie se percató de este suceso y los que lo hicieron quedaron tan sorprendidos e incrédulos ante lo que veían que no les fue posible reaccionar de modo alguno; salvo observando lo que se acontecía y esperando el desenlace de aquel acontecimiento.
Cuando el joven quedó a sólo unos pasos de Jorshunsda, el rojizo metal de la espada de éste se alzó al aire sin que nadie pudiera comprender qué estaba sucediendo.
Cuando la roja lengua metálica comenzaba a descender, adquiriendo velocidad rápidamente, una vara de madera de roble viejo cayó, con la celeridad de un rayo, sobre la cabeza del chico. El golpe, seco, sonó hueco y fuerte contra el metal del yelmo. La espada del chico se desplomó sobre el suelo mientras que Dromses caía sobre sus rodillas echándose las manos a la testa. Jorshunsda no se inmutó.
Todos los hombres volvieron su rostro hacia el individuo que, montado sobre un inmenso corcel negro azabache, acomodaba, de nuevo, la vara en su mano izquierda. La capucha, negra, cubría la parte superior de su rostro; dejando al descubierto, tan solo, su mentón y la parte inferior de una nariz recta que, en la punta, al igual que la barbilla, ostentaba un ligero hoyuelo. Lentamente, alzó la cabeza y sus ojos brillaron tras la penumbra de la sombra que los cubría para clavarse sobre el aquejado joven con severidad. Las gotas de agua, que hasta ahora habían caído indecisas, se multiplicaron y fueron aumentando su ritmo e intensidad. Algunos hombres, habiendo contemplado el desparpajo con el que habían atacado al hijo del rey, avanzaron un paso hacia el desconocido mientras echaban mano sobre las empuñaduras de sus espadas. Sin embargo, todos se detuvieron en el momento en el que Jorshunsda alzó su vara con autoridad.
— ¿Ésta es la educación que se puede esperar de la realeza? —La mirada del mago se clavó sobre los ojos del rey que, en esos momentos, se sintió diminuto y simple.
— ¡Guardad las armas! —ordenó el rey—. ¡Dromses, álzate y vuelve a mi lado!
Con más pena que gloria, el imprudente muchacho se incorporó y, tras murmurar algo entre dientes, se volvió junto a su padre.
— ¿De dónde venís, señores? —continuó el rey, haciendo ver que nada había sucedido.
—Vuestra majestad no debería inmiscuirse en asuntos de magos. —Lentamente, Jorshunsda reclinó su cuerpo hacia delante— .Mas, si deseáis conocer respuesta a vuestra pregunta, debo contestar que del este; como bien os habrán advertido vuestros oteadores.
El rey tragó saliva. Era consciente de que ninguna información útil podría extraer de aquel encuentro. Su deseo, entonces, se tornó en el de conseguir salir airoso de la situación ante sus guerreros y proseguir su camino; dejando atrás a los tres jinetes sin que su amor propio sufriera más heridas que las que su hijo acababa de recibir.
Entonces y tras una leve pausa, el monarca, ignorando las palabras del mago, hizo un gesto a uno de sus hombres indicándole que le trajeran su montura.
—Debemos partir ya, señores —habló mientras montaba sobre su corcel—. No podemos perder más tiempo. Soy consciente de que nuestro encuentro ha sido totalmente fortuito y que, de él, nada más que saludos amigables podremos extraer.
Un gruñido apagado salió de la garganta del jinete encapuchado mientras el rey terminaba esta frase. El monarca evitó dar mayor importancia a este gesto e hizo ver que no se había percatado del detalle mientras comenzaba a espolear a su corcel para ponerse en movimiento.
— ¿Hacia dónde os dirigís con un ejército tan numeroso? —le interpeló, súbitamente, Jorshunsda.
El rey detuvo el giro de su montura. El silencio se adueñó del lugar.
—A defender mi Reino —sentenció mientras alzaba, con orgullo, su cabeza—. Queda claro que nadie lo va a hacer por mí.
Jorshunsda sonrió por vez primera desde que se toparan con aquella hueste. Seguidamente, negó con su cabeza de un modo claramente visible para todos, acarició el cuello de su caballo y, tras susurrar unas palabras en un extraño y desconocido idioma, se puso en movimiento; haciendo que los hombres de Ruernphas hubieran de retirarse para permitirle el paso.
Sus dos compañeros le imitaron y, sin mediar palabra, se pusieron en marcha.
Cuando el encapuchado de la vara pasó junto al monarca, se detuvo. Giró su rostro hacia el rey y, con una voz fría y seca, dijo:
—Un rey debe defender a su pueblo y no a la inversa. —Giró su rostro hacia delante—. La ambición es el peor de los consejeros. Volved, ahora—alzó la voz—, y centraos en las necesidades de vuestra gente que, sin duda, son muchas.
El rey de Ruernphas bufó mientras contenía la ira que, en esos breves minutos, había ido acumulando en su interior sin poder darle escape alguno. Cuando el jinete comenzaba a alejarse, el monarca trató de escupir su rabia en forma de alguna frase hiriente. Sin embargo, el encapuchado, sin dejar de avanzar, alzó la voz para que le escucharan con claridad, tanto el rey como los hombres que lentamente se habían ido retirando para dejarles proseguir su camino, y, calmadamente, dijo:
— ¡No seáis esclavo de vuestras palabras, majestad! —La musicalidad de este último vocablo sonó a mofa.
Al poco tiempo, las tres figuras quedaron perdidas en la inmensa cortina de agua que, ya, no cesó de caer del oscuro cielo. El rey, malhumorado, giró sobre su montura y, tras
tragar saliva con dificultad, tratando de retomar su imperativo tono, ordenó a sus oficiales que informaran a todos los hombres para que se pusieran en marcha.
— ¡Rumbo al noreste! —fue lo único que dijo con un pobre hilo de voz.
Pese a aquella herida en el orgullo del rey, todos los hombres actuaron con presteza y los pendones quedaron izados entre las torrenciales aguas para indicar el deseo súbito del monarca. El ejército entero se puso, de nuevo, en movimiento.
El joven Dromses se quedó, sin embargo, petrificado. Su mirada trataba de atrapar a los tres jinetes que, ahora, era imposible divisar a causa de la gran cantidad de lluvia que caía y de la creciente negrura que ya los envolvía por completo.
— ¡Dromses, hijo, acércate aquí! —sonó imperativa, nuevamente, la voz del monarca.
— ¡Voy, padre! —contestó el muchacho saliendo de su letargo.
Al acercarse a su progenitor, habló, casi en un susurro.
»Padre —hablaba entrecortando su aliento para no alzar la voz—, ¿por qué habéis permitido a esos jinetes demostrar tanta arrogancia sin recibir reprimenda alguna? ¿Quiénes son? —preguntó, casi sin respirar—. ¿Pertenecen a algún reino más poderoso que el vuestro, quizá? ¿Son, acaso, sus…?
— ¡Silencio, Dromses! —cuchicheó su padre mientras sujetaba al chiquillo del hombro y, zarandeándolo ligeramente, le acercaba su amplia mandíbula al rostro. Éste calló—. ¡Jamás vuelvas a interrogar al rey! —Guardó silencio a la vez que alzaba la mirada y observaba en derredor para descubrir si alguno de sus hombres les estaba escuchando.
La escolta cabalgaba junto a ellos. Sin embargo, ninguno de los diez aguerridos soldados demostró el más mínimo movimiento que incitara a pensar que atendía a la conversación que el monarca mantenía con su vástago.
—Cuando preguntas, hijo mío —trató de suavizar el tono de su estridente voz—, demuestras ignorancia. —Su denso aliento se volcaba sobre el rostro del joven—. Cuando realizas más de una pregunta a tu interlocutor sin haberle permitido hablar, demuestras temor.
Un silencio, quebrantado únicamente por el choque de los cascos de las monturas contra las piedras humedecidas del suelo, por el ruido de las ruedas de los carros, preparándose a partir tras la marcha de los soldados, y por la omnipresente lluvia que caía, bruscamente, fatigando tanto a hombres como a bestias, se apoderó del pensamiento de Dromses. Sólo prestaba atención a las palabras que su poderoso padre le ofrecía; como si se trataran de una gran riqueza que sólo él pudiera llegar a poseer y a entender. Posiblemente —pensaba—, le permitirían acceder a los dominios de los más oscuros y extraños misterios de los confines de Aasm.
Después de todo, la sangre real corría por sus venas.

Tras haberse alejado ya de los últimos resquicios de las huestes de Ruernphas, los tres jinetes se relajaron sobre sus monturas.
— ¡Es peligroso! —comentó súbitamente Iolidash mientras las gotas de agua que resbalaban del borde de su capucha iban deslizándose a lo largo de su recta nariz.
—No creo que puedan llegar a hacer nada en absoluto. ¡Perderán el tiempo! —contestó el tercer jinete con una voz extremadamente aterciopelada, haciendo un leve movimiento de cabeza; como tratando de arrancar un nefasto pensamiento de su mente.
—¡Son demasiado irascibles! —replicó con desprecio mientras retorcía la boca—. Eso siempre es peligroso…—Guardó silencio durante un breve segundo, a la vez que movía la cabeza hacia los lados, con pesar—. Se perderán muchas vidas. —Giró su rostro hacia su espalda, como si quisiera estudiar, nuevamente, el aspecto de aquel enorme ejército que, sin embargo, quedaba oculto, ya, tras el temporal—. No sólo adonde van, sino, también, allá de donde han partido.
En ese momento, descubrieron la diminuta figura de un muchacho con la melena de un color rubio ceniza, casi inapreciable bajo aquella oscuridad, contemplándolos entre la incesante lluvia que caía. Sus cabellos, recortados de una forma irregular, caían lacios contra su rostro nacarado mientras se pegaban a él a causa de la humedad del agua. Su mirada se clavaba, sin prestar atención a otra cosa, en la enorme montura negra de Iolidash.
Los jinetes, sorprendidos, se detuvieron. El joven, delgado y casi diminuto, se acercó directamente al caballo; sin titubear. Al quedar a un metro de distancia de él, izó su cabeza para mirarlo fijamente a los ojos. El corcel, orgulloso, inclinó sin embargo levemente la testa. Ante esto, el chico se aproximó más, con renovada pasión, y, sacando algo del zurrón que colgaba a su costado, acarició lentamente el cuello de la bestia. Entonces, tendió la mano, con la que había estado rebuscando en el interior de la bolsa, ante la boca de la bestia para ofrecerle algo.
El caballo de Iolidash comió, sosegado y feliz, el dulce que el muchacho le daba mientras éste seguía acariciándolo, ensimismado y bajo la atenta mirada de los tres jinetes.
Ante esta imagen, los tres quedaron llenos de deleite y, casi, paladearon la hermosa escena.
Iolidash se despojó de la capucha y dejó ver un hermoso y joven rostro que, sin embargo, denotaba, mediante su mirada penetrante, el curtido paso de muchos años tras de sí. Sus cabellos eran negros y quedaban enmarañados en innumerables rizos que caían en hermosos tirabuzones hasta cubrirle el cuello. De su nuca, colgaba una delgada mata de cabello recogida en una fina trenza que, tras un palmo de longitud, quedaba anudada con una pequeña tira de seda azul. Sus ojos, oscuros y severos, se clavaron en la cabeza del muchacho. Entonces y sin mediar palabra, se desprendió de una tira de cuero raído que pendía de su cuello para tendérsela al joven. De ésta colgaba un extraño medallón con forma de espiral y que estaba magistralmente trabajado en piedra de vapores.
—Tómalo, muchacho —dijo Iolidash mientras la espiral ondulaba bajo la lluvia, dejando ir, en cada oscilación, unas pequeñas motas de humo color cian.
El joven salió, al momento, del placer en el que se encontraba y, tras mirar fugazmente a los ojos del jinete, concentró su vista, sin cesar en sus caricias sobre el cuello de la bestia, en la pequeña espiral. Lentamente, el chico retiró su mano, vacía desde hacía un buen rato, de la boca del caballo para aproximarla, tímidamente, hasta el
colgante que aquel desconocido le ofrecía. Entonces, nervioso, tomó el objeto sujetándolo por la raída tira.
— ¡Gracias, muchas gracias! —exclamó el joven de un modo claro y que denotaba un agradecimiento sincero y limpio, sin dejar de observar, maravillado, el objeto que ocupaba por completo la palma de su diminuta mano.
Seguidamente, examinó con plena admiración a Iolidash. Éste sonrió de un modo fugaz por un período tan breve que, casi, fue imperceptible.
—Debes ir, ahora, con los tuyos, muchacho —dijo Jorshunsda interrumpiendo el silencio que dominaba la escena.
El chico miró en derredor, deteniendo su vista escuetamente sobre los tres jinetes para, acto seguido, fijar sus ojos en los del caballo. Luego, lo acarició por última vez y, tras esto, salió corriendo en pos de los hombres de Ruernphas.
El muchacho se perdió de vista a sus espaldas tan rápidamente como si de una liebre se hubiera tratado; corriendo a toda velocidad y dejando, tras de sí, un decreciente chapoteo al son de cada paso que daba.
—Es placentero ver que aún hay jóvenes que disfrutan de la buena y grata compañía que nos brindan los libros. ¿No creéis? —interpeló Iolidash a los dos compañeros mientras volvía a cubrirse la cabeza con la capucha; dejando ver, entonces, únicamente su barbilla y extremo inferior de la nariz.
—Veo que sois bastante observadores los Hilvehdash —dijo el tercero de los jinetes con una voz melodiosa y suave—. No era sencillo ver el interior del zurrón con tan poca luz. —Pareció reír al terminar de expresar aquella apreciación.
Un placentero silencio se adueñó de los viajeros. Éstos parecían sentirse reconfortados para proseguir con su viaje.
— ¿Por qué has decidido entregar tu colgante a ese joven, Iolidash? —preguntó el mago sin mirar atrás.
—No lo sé —respondió éste con la misma indiferencia con la que el mago había hecho la pregunta—. Simplemente, sentí la necesidad imperiosa de hacerlo…—dijo en un tono de voz que demostraba un ligero desconcierto al percatarse de lo que había hecho.
El mago asintió con la cabeza. Después, girándose levemente sobre su caballo, observó con interés a su compañero y, tras un breve instante, instó a su montura a proseguir con su camino.
La lluvia continuó cayendo con furia, como si tratara de ocultarlos en la noche.

Pulbrhim, plenamente mojado —aunque extremadamente feliz—, corrió entre los carros hasta alcanzar el que conducía su padre. Tras dar con él, se subió, ayudándose de un cabo y de unos pequeños peldaños que Pround había trazado en uno de los laterales con aquella finalidad.
— ¡Padre, padre! He visto a uno de los…
—Gnioridanneh —le interrumpió su padre, con una sonrisa en los labios, y un tono completamente sereno.
— ¿Cómo lo sabes? ¿Lo has visto tú también? —El chico estaba sobreexcitado.
—Vamos a ver, pequeño Pulbrhim. ¿Viste hacia dónde iban? —preguntó con la misma serenidad que estaba empleando desde el principio.
—Sí. Iban en sentido opuesto al mío…
— ¿Y, tu sentido, no es, acaso, el mismo que el mío? —El hombre estaba disfrutando, de un modo magnánimo, de la irracionalidad que embargaba, a causa del entusiasmo, al muchacho.
En ese momento, el crío quedó callado y se ruborizó ligeramente. Sin embargo, viendo cómo su padre lo observaba: de un modo plagado de ternura, ese bochorno se desvaneció para dejar paso a un brillo en su rostro infantil.
»Disfruta, hijo mío —le dijo, mientras clavaba su mirada en el camino—, de todos los momentos deleitosos y placenteros que encuentres en tu vida. Sin embargo, cariño —hizo una breve pausa a la vez que suspiraba—, no dejes que la felicidad embriague tu mente. —Calló por un momento.
Al joven Pulbrhim se le dibujó una tenue tristeza en los ojos. Su padre, sin dejar de mirarlo de soslayo y ver lo susceptible que era el niño a sus palabras, prosiguió:
— ¡Pero bueno! —sentenció para mantener, después, un silencio expectante—. Debo reconocer que la situación ha sido la más idónea para perder la cabeza —dibujó una limpia sonrisa en su rostro a la vez que se giraba hacia su hijo para mirarlo—; no suele verse, muy a menudo, a uno de los Hilvehdash. —El chico frunció el entrecejo—. ¡Y menos aún, junto con uno de los Gnioridanneh! —Al niño, se le dibujó una espléndida sonrisa que quedaba iluminada, tímidamente, por la tenue luz de una lámpara que colgaba, oscilando por el ajetreo del carruaje, entre él y su progenitor.
»Debo suponer que te fijaste en los tres jinetes. —Lo miró, alzando una de sus cejas—. ¿Verdad, Pulbrhim? —Volvió a preguntar Pround, esperando una negativa por parte de su hijo.
La lluvia seguía cayendo fuertemente, haciendo que las bestias hubieran de realizar un esfuerzo superior al que sufrieran en condiciones normales.
—Sí, padre. Pero apenas tuve tiempo de fijarme en sus rostros —dijo Pulbrhim.
Su padre soltó una carcajada que compitió con el estruendoso ruido de un trueno.
— ¡Hijo mío! ¿No querrás decir que te encontraste ante un Gnioridan y que, a causa de ello, apenas tuviste tiempo de ver lo que sucedía a tu alrededor? —Prosiguió, sin perder la sonrisa de su rostro—. ¿No será más correcto que me digas que te quedaste atónito ante la imagen de aquel magnífico caballo?
—Sí, padre…tienes razón —dijo el muchacho con la cabeza gacha—. ¡Me quedé ensimismado mirando aquel maravilloso corcel! —continuó, levantando su mirada con un inmenso brillo en los ojos.
El padre, comenzó a prepararse una pipa para fumarla mientras le indicaba a su hijo, con la cabeza, que se cambiara de ropas antes de que cogiera un constipado.
—Esos que viste, hijo mío —dijo mientras el niño comenzaba a mudarse las ropas y él sorbía su primera bocanada de humo—, son los Hilvehdash: los Siervos de los Elementos.
»Son arrogantes, sí —dejó que el humo brotara, lentamente, de entre sus labios—. Pero, también son sabios y poderosos. En concreto —aclaró—, has visto al Siervo de la Tierra; conocido erróneamente por algunos como el Maestro de la Tierra.
— ¿Cuántos son, padre? —preguntó el chico mientras se iba poniendo el camisón sin dejar, por ello, de prestar atención a las palabras de Pround.
—Son cuatro Siervos; al igual que los elementos. —Siguió fumando en su pipa—. Hay uno para la Tierra, otro para el Agua, otro para el Fuego y un último para servir a los Vientos.
El joven Pulbrhim, interesado en el tema, retomó la palabra y, de nuevo, preguntó:
— ¿Quién manda más de ellos, padre?
— ¡Ninguno, hijo! ¡Ninguno! Todos ellos sirven a un determinado elemento y aúnan sus fuerzas y sus conocimientos para beneficio de toda la comunidad. —Volvió a tomar una pequeña bocanada de humo.
»Sin embargo, se ha rumoreado desde siempre que existe uno más. Él simboliza el equilibrio entre ellos. Es el decano de éstos y, al mismo tiempo, es el Siervo de todos. Ellos, a su vez, lo respetan y admiran por igual.
La lluvia seguía cayendo, según avanzaban, con más fuerza y, asimismo, el viaje se hacía cada vez más complicado. Sin embargo, el ejército seguía el mismo ritmo de viaje; tal era el ansia que su monarca tenía por llegar a su destino.
—Verás, Pulbrhim—prosiguió Pround—, hace muchos miles de ciclos, antes de que muchos reinos que hoy ostentan sus estandartes por toda Aasm hubieran aparecido, el mundo estaba gobernado por un orden natural lejos de conquistas y de guerras. Los animales vivían en perfecta armonía con todas nuestras razas. Este orden les hablaba y enseñaba a tratar con la Madre Naturaleza en todos sus sentidos. Era, pues, un tiempo de sosiego y calma. La música brotaba de las plantas y del canto de las aves que, aún hoy, es incomparable incluso por los mejores instrumentos tañidos por los más diestros dedos o pulmones de los mejores artistas. Sin embargo —el tono de su voz se ensombreció—, toda criatura que se yergue sobre dos piernas es presa fácil de la codicia y la ambición. Y fue, precisamente ése, el motivo que generó el cambio.
— ¡Pero, padre —le interrumpió Pulbrhim—, existen seres que, andando incluso sobre dos piernas, no quieren nada de eso! Mira, por ejemplo, a los antiguos elfos o, incluso, a muchos humanos que prefieren dedicar su tiempo a cuidar las plantas y a deleitarse con la belleza de los animales.
— ¡Lo sé hijo mío! Sin embargo —volvió a fumar de su pipa—, el poder y la ambición corrompen, incluso, hasta el corazón más puro. Estos individuos que me has expuesto —aclaró— como un ejemplo se encuentran lejos de los focos que generan los conflictos.
»El daño, pequeño —se dirigió a él con extremada ternura—, lo genera la codicia y el poder es la llave que abre las más oscuras puertas; liberando dolor, ira, odio, envidia, rencor, guerras y muerte. Sólo debes incluir un brote de la misma en el hogar más humilde para que, al poco tiempo, te percates de que, esto que te digo, es cierto.
El crío se detuvo, pensativo y mirando a Pround, ante una caja en la que se encontraban las mantas y los abrigos.
»Es muy cierto, pequeño Pulbrhim, y habrás de admitirlo —prosiguió Pround—, que la codicia genera rencor y el rencor es lo que nos impulsa a odiar y el odio permite que aplastemos incluso aquello que hemos amado siempre. Si das poder a una persona codiciosa, habrás creado a un monstruo que arrasará todo lo que se halle en su camino.
Así pues, hijo mío, ése fue el motivo que conllevó al fin de aquellos tiempos de felicidad.
Pulbrhim seguía enfrente de aquella caja en la que se encontraban algunas de las piezas de abrigo. La atención que prestaba a las oscuras y siniestras palabras de su padre era absoluta.
»Por consiguiente —prosiguió Pround—, era necesario encauzar las desgracias que comenzaban a acometerse. Por ponerte algunos ejemplos, hijo mío —arqueó la espalda, con el propósito de desentumecerse—, entre estos desastres se encuentra la desaparición de muchas razas animales y vegetales que, por aquel entonces, se encontraban felices entre nosotros; todo ello —aclaró—por culpa del hombre; ya fuere por pura diversión o por enriquecerse en el comercio. Las bestias que quedaron con vida prefirieron alejarse de nuestro camino y nunca más volvieron a pronunciar palabra alguna; olvidando, tras el paso de los siglos, la lengua común. Hubo otras, no obstante, que optaron por volverse agresivas ante, injustamente, todo ser vivo. —Volvió a fumar de su larga pipa—. No fue todo al mismo tiempo ni, tampoco, el mismo destino fue compartido por todos estos seres, ¡por supuesto! Bien sabes que, por ejemplo, los Gnioridanneh han conservado la virtud del habla. —Le señaló con su dedo índice; recordándole el animal que había podido contemplar aquella misma tarde—. Sin embargo, son tan escasos los que hoy en día se cuentan entre nosotros que esta virtud de los Tiempos del Olvido está, a efectos prácticos, desaparecida y extinta.
—Es lamentable, padre —dijo Pulbrhim mientras extraía, con esfuerzo, una manta del fondo de la caja. Sus ojos se encontraban humedecidos y su cuerpo temblaba por el frío que se iba intensificando a causa del temporal.
—Sí, así es —sentenció—. Hacía falta reinstaurar un orden y un respeto que cumplir por parte de todas las criaturas. Como te he dicho, muchas, muy contrariamente a sus instintos naturales, se habían vuelto violentas y crueles. Atacaban, incluso, a las de su propia raza; tal era la locura que se había instaurado en todos los seres.
— ¿Igual que los hombres, padre?
—Así es. Es más fácil que lo incorrecto y lo desatinado se convierta en una costumbre y en un hábito natural; contrariamente a lo que es beneficioso para la convivencia de todos.
Un frío aire proveniente del oeste se alzó, haciendo que las innumerables gotas de lluvia cayeran, ligeramente, ladeadas.
»Fue, entonces, cuando, sin saber nadie de dónde, aparecieron los cuatro Hilvehdash. El Siervo del Fuego; dicen, era una mujer hermosa. Tenía los ojos magenta y una voz dulce y melodiosa. Fue quien apaciguó la ira de los hombres. Era respetada por todos y su sabiduría nos permitió comprender el Lenguaje de la Naturaleza; gracias al cual, hoy en día, poseemos instrumentos que nos permiten ahorrarnos gran parte de nuestras fuerzas físicas. Que, hijo mío, no lo olvides —aclaró—, no es un atributo humano.
— ¿Cuál es nuestro mejor atributo, padre? —se apresuró a preguntar Pulbrhim a su padre.
Pround sonrió. Parecía que le agradaba que aquella pregunta la hubiera interpelado su hijo. Volvió a sorber de su pipa para darse un tiempo y, del mismo modo, para crear algo más de expectación en Pulbrhim.
—La inteligencia y la libertad de aplicarla a todo aquello que nos rodea. Ya sean animales u objetos —dijo Pround mientras dejaba ir de su boca una nueva bocanada de humo.
»El Siervo de la Tierra—prosiguió— era de complexión robusta. Sin embargo, su rostro denotaba bondad y sosiego y, su expresión, resistencia y tenacidad. Al igual que las rocas que se enfrentan a la mar; desafiantes y cambiantes ante sus innumerables embestidas.
— ¡Padre! ¿Era, acaso, el mismo con el que nos hemos cruzado? —interrumpió Pulbrhim a su padre.
—No, hijo —contestó Pround rápidamente; como si fuera evidente prever las preguntas que su hijo le hacía—. Éste no es aquel Siervo de la Tierra.
— ¿Entonces, ellos mueren también? —dijo el niño con una nota melancólica en su voz, mientras terminaba de acomodarse la manta sobre su cuerpo.
—No. No exactamente —nuevamente, sorbió Pround de su pipa—. Envejecen mucho más tarde que cualquier otro ser; a excepción de los elfos y de las Gnurkyah que, como bien sabrás, poseen el Don de la Juventud Eterna. Luego, por lo que logré entender en unos libros que, posiblemente, hoy permanezcan olvidados en algún rincón de nuestro reino, se mantienen vivos y parten de regreso allá de donde procedieron antaño. Es, entonces, cuando, si es menester, otros elegidos ocupan su lugar.
— ¿Ha sucedido alguna vez? —prosiguió con el interrogatorio a su padre el joven chiquillo.
—Sí, hijo mío. ¡Al menos, una! Si no, ¿cómo podrías explicar la juventud que rebosaba el Siervo de la Tierra cuando nos hemos cruzado, en sendos momentos, con él?
— ¡Es verdad! —exclamó Pulbrhim mientras se echaba la mano a la frente y se ruborizaba con una sonrisa en el rostro.
—Pues bien, Pulbrhim, fue éste el siervo encargado de establecer contacto con los seres que habitan en las entrañas de Aasm; entre los cuales, se cuenta a los Señores Enanos; ambiciosos y codiciosos, por naturaleza, de las riquezas que los remotos rincones de la tierra esconden para sí.
—Jamás pensé que los Señores Enanos fueran de ese modo —le interrumpió, nuevamente, el muchacho.
—Lo son hijo mío, lo son. Sin embargo, deben serlo. Antes de aparecer sobre la faz de la tierra, hubieron de criarse en la oscuridad de las cavernas. Y, gracias a esto, aprendieron a conocer las mismas como las palmas de sus propias manos. Sin embargo, el amor que tenían a estas mismas riquezas fue el que ocasionaba el gran daño a lo que más querían. Porque, como bien deberías saber, pequeño Pulbrhim, existen amores que destruyen, sin ninguna mala intención, aquello que más aman. —Dejó ir una nueva nube de humo de su boca—. Así, fue este Siervo quien se aventuró a las profundidades de los negros abismos para establecer un orden y una buena administración de los tesoros que los Señores Enanos elaboraban magistralmente. Les enseñó a comerciar sus riquezas con otras razas, a abrirse a los demás, a apreciar los alimentos que, tanto humanos como elfos como los otros seres que habitaban Aasm, les podían ofrecer. De este modo, comprendieron la necesidad de trabajar, con mayor dedicación y sosiego, aquello que
extraían y que no era la cantidad, sino la calidad de su trabajo, lo que debía hacerse valer.
El joven Pulbrhim se sentó, envuelto en su manta, sobre la caja, ya cerrada, de donde la había extraído; escuchando, plenamente, lo que su padre le iba relatando.
—Finalmente, el Siervo del Agua: un hombre de frío rostro nacarado y cabellos largos y azules, y el Siervo de los Vientos: una mujer hermosa, con los ojos azules, como un cielo límpido de verano, y el cabello negro como la pez, fueron los que trataron, conjuntamente, con la bondad de los elfos, de las Gnurkyah, de las bestias, de las plantas y del resto de seres que habitan, y otros tantos ya olvidados y que, en su momento, también poblaron, Aasm, para que concedieran nuevas oportunidades a las razas que tanto mal les habían hecho. —Pround volvió a aspirar una bocanada de humo.
»Pese a que no lograron alcanzar la felicidad de aquellos Tiempos del Olvido, encontraron, no obstante, una armonía que posicionó a los Hilvehdash como salvadores de un caos y una violencia descontrolada entre todos los seres que moraban encima y debajo de Aasm.
Pulbrhim se quedó pensativo. Entonces, saliendo de su letargo, preguntó:
— ¿Y el quinto, padre? Me habías dicho que se suponía que había también un quinto Siervo. ¿A qué se dedicaba?
Pround se dio, ligeramente, la vuelta para verle los ojos. Observó a su hijo con un orgullo contenido y volvió a girar su mirada hacia el camino. Fumó de su pipa nuevamente.
—El Quinto, Pulbrhim, fue el que acarreó la tarea más ardua de todas. —Calló un instante a la vez que un trueno retumbaba en el cielo—. En aquella situación, los seres vivos habían perturbado Aasm. Y, por consiguiente, ella había despertado, vengándose y odiando a todo ser que en sí misma habitara; sin diferenciar raza alguna. Los vientos se aliaban con los mares para maltratar a los seres que en ellos habitaban. Constantemente, aparecían, a la orilla de las costas, todo tipo de animales marinos muertos por asfixia, sin mencionar a los osados marineros que se aventuraban allende los mares. Ninguno resistía el mal que estos elementos les ocasionaban y ninguno, tampoco, volvía para explicar sus desgracias.
»El fuego de los volcanes devoraba, sin piedad, todo aquello que se interponía en su camino. Internamente, desgarraba los cimientos de la propia tierra para sepultar a todo habitante bajo inmensas rocas. El agua, tan beneficiosa para la vida, se hacía escasa y la que se hallaba, se volvía, pronto, venenosa; pues se detenía entre los caminos, dejando que impurezas se adueñaran de sí misma para devorar los intestinos de aquel imprudente que osara saciar su sed con ella. Si algún insensato trataba de purificarla mediante el fuego, pronto se veía rodeado de llamas que se esparcían a su alrededor saltando de piedra en piedra y de árbol en árbol; movidas con la ayuda de un aire repentino y oportuno para tal fin.
» ¡Tal era el odio y el rencor que los elementos nos tenían! —Una nueva nube de humo apareció entre los labios de Pround acompañando a su repentino silencio—. Así, en una ardua lucha que, prácticamente, llegó a consumirle, el Quinto Siervo fue quien calmó a los Cuatro; aquéllos que tanto bien, administrados sabiamente, nos hacen.
Pulbrhim miraba, pensativo a su padre.
»Así, hijo mío —prosiguió Pround al ver que su hijo no decía nada—, como puedes ver, el valor y la sabiduría de este Quinto Siervo hubo de ser muy superior al de los otros cuatro juntos.
»Y es por eso —sonrió— por lo que puede llegar a parecer un mito el que, realmente, haya existido.
— ¡Es maravilloso, padre! Jamás me imaginé algo similar a esto. Desconocía la existencia de estos seres; los Hilvehdash. Si lo hubiera sabido —su mirada se clavó sobre la techumbre del carro, fascinada—, hubiera tenido ojos para el Siervo de la Tierra.
— ¡Permite que lo dude —dijo Pround mientras dejaba ir una sonora carcajada—, pequeño Pulbrhim! Desde bien pequeño, tus ojos sólo han tenido vista para los caballos.
Pulbrhim río junto a su padre.
»Ahora, muchacho, es hora de que te acuestes. Mañana será otro día.
—Sí, padre —contestó el muchacho con la mirada perdida.
El niño, repentinamente, calló y, tras esperar un largo silencio, tratando de no demostrar interés alguno en la respuesta de la pregunta que pretendía hacer, dijo:
— ¿Y, si uno de los que hemos encontrado era el Siervo de la Tierra, quiénes eran los otros dos? —Aguantó, levemente, su respiración antes de volver a preguntar—. ¿Quién era el encapuchado que conducía al Gnioridan? —dijo acercándose a la espalda de su progenitor, cubierto con la manta.
—No lo sé, pequeño. Pero, desde luego, ha demostrado ser tan arrogante como un mismísimo Hilvendasm —en ese momento, volvió a sorber su pipa y, con la mirada perdida y en un tono casi inaudible, prosiguió—: hay demasiados movimientos, últimamente, en el Concilio de los Sabios. Demasiados…
Los pensamientos de Pround quedaron perdidos en la inmensidad. Su hijo, entonces, extendió el colgante ante su mirada sin ningún aviso previo.
Tras detener sus ojos en la hermosa hélice, Pround la cubrió prestamente con las manos para evitar que nadie más pudiera observarla; examinando, con ojos inquisidores, si alguien, desde otro carro, los había podido ver. Acto seguido, se giró, con el rostro teñido en una enorme preocupación y plenamente interesado, al pequeño. Sin embargo, tratando de mantener la calma, tragó saliva y se serenó. Miró en derredor y habló con voz queda a su hijo:
— ¿De dónde lo has sacado, Pulbrhim? —Sus ojos escrutaban el rostro del crío.
—Me lo dio el jinete del Gnioridan. —Un temor repentino se dibujó en su mirada.
— ¡Guárdalo, hijo mío! No se lo muestres nunca a nadie que no sea digno de tu confianza. —Volvió a girarse y retomó con firmeza las riendas—. Duerme, ahora, querido.
» ¡Hoy, ha sido un gran día! —Aquello último fue dicho entre dientes y, prácticamente, no lo pudo escuchar el chico.
El ajetreo del carruaje chocando contra las rocas hizo, a su vez, de cuna para que, el pequeño Pulbrhim, durmiera plácidamente entre su manta y un oloroso heno que le servía de jergón. Pround, a su vez, siguió fumando mientras la lluvia mojaba tanto sus pies como al inmenso ejército que le precedía el paso.
»Definitivamente —volvió a dejar ir unos anillos de humo gris entre sus labios—, ese hombre no es cualquier Siervo…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s