Preludio – La sombra de Gnurk

La oscuridad de la noche se vio quebrantada por un rayo que separó el negro cielo en dos. Bajo su lacónico fulgor, las salientes rocas del acantilado dibujaron fantasmagóricas figuras a los pies de la torre oeste de la fortaleza. Los matojos que de ella nacían asimilaron la forma de unas garras que trataban de trepar a lo alto del abismo.
Las sombras volvieron a abrazar la noche y, acto seguido, un estrepitoso trueno acalló el llanto primero de una criatura recién nacida.
La lluvia comenzó a imponerse en el sombrío paraje.

A lo largo de un inmenso pasillo que, cubierto por los balcones interiores de la fortaleza, recorría el perímetro del castillo, las botas livianas de una mensajera casi volaban hacia las grandes cuadras; situadas en la parte este de la ciudadela. Las paredes; sombrías rocas desnudas de color negro, iluminadas por inertes teas, parecían vibrar al
son de sus tímidas llamas, tras los pasos de la enviada. La negra piedra que conformaba la bóveda del corredor vigilaba, imponente, a la bella muchacha. Su piel morena atezaba hermosamente su rostro; alumbrado por la luz de las antorchas, que, en aquel instante, quedaba regido por una expresión de enorme turbación. Tras él, una melena cetrina ondeaba, graciosamente, al compás de sus pasos y dejaba ver la grácil forma de sus orejas que, al igual que las de los elfos de antaño, terminaban en punta. El brillante sudor frío que bañaba sus perfectas facciones contrastaba con el niste de sus grandes y ovalados ojos.
Al llegar frente a la entrada de las caballerizas, tras más de media hora de carrera, se detuvo, titubeante y temerosa. Tragó saliva y golpeó con su fina y elegante mano, aunque fuerte y firme, la gran puerta de madera de caoba; adornada con elaboradas figuras ecuestres trabajadas en oro blanco.

Tres fuertes golpes retumbaron en los inmensos establos. Tras la puerta, nacían, frente a una reducida sala, tres pasillos. Cada uno de ellos, largos y amplios, acogía, en ambos laterales, espaciosos departamentos individuales donde reposaban los más de tres mil corceles de batalla de las Gnurkyah. En la mitad de cada uno de los corredores noreste y suroeste se encontraban sendas aberturas que daban acceso a las dos cámaras donde se entrenaba y se preparaba a las monturas.
En una noche cualquiera, esta zona de la ciudadela hubiera quedado totalmente en silencio. Sin embargo, en aquella noche de otoño, las fieras se encontraban plenamente alteradas: sin dejar de relinchar, lanzaban coces al aire o trataban de echar abajo los fuertes portillos que las separaban de los corredores.
Al oír cómo retumbaban los golpes contra el portón del establo, aumentaron su agitación.

Las dos mujeres que se hallaban en la sala guardaron silencio; expectantes y alteradas. La más joven, levantó el candil que alumbraba, con timidez, la estancia. La escasa claridad de la lámpara describió, con dificultad, la figura, hasta entonces oculta por danzantes y caprichosas sombras, de las jóvenes. La más alta tenía las facciones de una mujer, pese a su longeva juventud, temible y sumamente hermosa. Su mirada, forjada por la pronta experiencia que da la adversidad, hubiera sido insostenible para cualquier criatura que se amparase en el artificial calor que ofrece la cobardía. Sin embargo, en ese instante, evidenciaba una amarga y lastimosa expresión. Recogido en una larga trenza, se encontraba su aceitunado cabello. Reposando, en el extremo de ésta; sobre el hombro izquierdo, se mostraba, para asegurar la sujeción de los cabellos y al final de la mata, un pasador de plata que lucía, en un extraordinario trabajo orfebre, la imagen de un caballo alzándose, desafiante, sobre sus cuartos traseros dentro de un triángulo equilátero. Su vestimenta era la de una noble guerrera de su raza. Las botas de piel de búfalo cubrían sus firmes y fuertes, aunque, al unísono, elegantes y hermosas, pantorrillas. Un blusón de color negro, luciendo, en su centro, el mismo emblema que el mostrado en el pasador, quedaba atado a su acentuado talle por un cinturón de cuero marrón. Bajo él, se adivinaba una liviana camisa de metal blanco que se descubría por su largo y atildado cuello —como si tratara de trepar por él—; brindando a su imagen de una
elegancia extraordinaria. Sus muslos, desnudos, quedaban cubiertos, en su zona superior, por parte del blusón. Toda su espalda estaba oculta tras una larga y amplia capa de color rojo oscuro que quedaba sujeta sobre sus hombros por sendos broches de plata con majestuosas flechas exquisitamente representadas en cada uno de ellos, apuntando hacia arriba, en el centro de un triángulo. Ceñido a su dorso, sobre la mencionada capa, se divisaba un carcaj de piel repleto de negras flechas. Asimismo, cruzando su cuerpo y apoyado a su costado, reposaba un arco de más de metro y medio de longitud.
La más joven tenía una mirada triste; aunque hermosa. Sus ojos grandes, de color gris, brillaban bajo la tenue luz del candil; que daba, a su morena piel, un tono menos atezado. Su cuerpo quedaba cubierto por una amplia capa de color negro que, mediante un capuchón, ocultaba sus cabellos, a excepción de un rebelde mechón de color verde que se mostraba sin complejos; resistiéndose a quedar oculto bajo la capucha.
Su tamaño, bastante inferior al de Gionna, superaba, escasamente, el metro y medio de altura.

Tras haber oído los golpes del portón, ambas guardaron silencio. Gionna, tras amagar un acercamiento hacia la puerta, preguntó a la visitante su nombre.
—Soy Gika. Traigo nuevas que debéis conocer. —Aquella voz apenas resultaba audible a causa de la confusión que provocaban los caballos, en el interior, y de la incesante agua que caía, tras las puertas.
En ese preciso instante, Gionna abandonó, temporalmente, a su compañera y, de una forma rápida y precisa, entreabrió el portón de los establos.
Gika, sin mediar palabra, penetró en su interior y, tras reconocer en el extremo opuesto de la sala a Giurka, no pudo ocultar una expresión de turbación en su rostro. El rugir de la lluvia, que se había intensificado cada vez más desde que comenzaran a caer las primeras gotas, se acentuó en la sala mientras el portón restaba abierto. Un gélido y humedecido aire penetró en la sala.
—Ya ha nacido —dijo la muchacha a Gionna en un susurro que, aparentemente, sólo era perceptible por ella—. ¡Es Él!
Tras estas palabras, Gionna giró su rostro y buscó la mirada de su prima Giurka. No tardó en encontrarla: una expresión de incertidumbre vibró fugazmente antes de dar paso a una mirada llena de arrojo en la más joven. Giurka, tal vez, no había escuchado las palabras que Gika había pronunciado; sin embargo, había entendido, según el comportamiento que habían adoptado éstas, lo que la mensajera terminaba de comunicar a Gionna. Una fuerte ráfaga de aire cerró, con un estruendoso y sordo golpe, el portón.
Gionna, que adivinó rápidamente las intenciones de su prima, se acercó a ella y, sujetándola fuertemente por el brazo, le dijo:
— ¡No seas necia, Giurka! ¡Ésta ha sido la determinación a la que habíamos llegado!
Entonces, Giurka demostró una fuerza que, a priori, jamás se hubiera esperado de ella; siendo poseedora de un aspecto tan frágil y cándido. Su diestra sujetó, firmemente, el cuello de Gionna. Su mirada, hasta ahora temerosa de las consecuencias, se transformó, con una llama interior, en un desafío insostenible ante la cual Gionna hubo de desviar la suya y, lentamente, procedió a liberar el brazo de la princesa.
Tras unos pocos segundos, Giurka dejó ir el cuello que oprimía con su mano y, con decisión, corrió a uno de los departamentos mejor ornados de las caballerizas.

La portezuela mostraba, ante la llama que Giurka sostenía con su mano izquierda, un inmenso triángulo equilátero invertido, magistralmente trabajado en plata, en cuyo interior se representaba el mismo caballo que Gionna lucía en su blusón: un corcel, apoyado sobre sus cuartos traseros, que se levantaba, desafiante, mirando hacia la derecha. En la parte superior del triángulo, una corona de tres puntas, fabricada con oro, imponía su hegemonía.

Gionna y Gika quedaron inmóviles ante el comportamiento que la princesa estaba adoptando. Al poco tiempo, Giurka se presentó ante las dos jóvenes montada sobre un inmenso corcel negro.
Su tamaño era desproporcionado. El brillo de sus ojos, oscuros como la pez, relucía ante la tímida luz que proporcionaba la llama del candil como dos lejanas estrellas. Sus crines, largas y muy bien aseadas, pese a no alcanzar la inmensa claridad que refulgía desde la mirada de la bestia, reflejaban los haces de luz de la lámpara en potentes destellos blancos. Las pinzas, cuidadas con el mayor de los detenimientos, eran grandes y robustas. Asimismo, unos pelos largos, limpios y, al igual que las crines, brillantes adornaban, bajo sus cuartillas y con su color negro, las coronas de sus patas que, incluso ante tan poca luz, se antojaban fuertes y vigorosas.
Sin duda, ésa era la imagen de una alta reina; cualquier ser hubiera temido y amado, sin vacilar, aquella perfecta figura. Su capa, hasta ahora cerrada, se abrió para descubrir, bajo su opacidad, un cuerpo esbelto. Vestía una blusa de color gris perla ceñida, mediante un amplio cinturón de cuero en color negro, a su cintura. De él, nacía la vaina de un sable curvado de más de un metro de longitud fabricado mediante un extraño pero, a la vista, resistente metal oscuro. En el nacimiento de ésta, figuraba el mismo emblema del caballo encerrado en el triángulo equilátero, realizado por algún orfebre con una aleación de oro y plata. Sus piernas, fuertes; aunque hermosamente formadas, se mostraban protegidas por un pantalón ceñido de color negro que las cubrían hasta las rodillas; lugar donde acababan las recias botas de piel de búfalo, color marrón, que enfundaban sus perfectas y tenaces pantorrillas. A los lados de las botas, se encontraban representados sendos escudos de plata con el blasón del reino de Gishonsda; motivo de orgullo y de temor para con sus enemigos. Del interior de la vaina, nacía la empuñadura de una cimitarra realizada en oro blanco. Se encontraba muy bien ornada con símbolos, incompresibles para muchos, de un lenguaje harto olvidado. En la cúspide del mango, asomaba un tetraedro regular que se unía a la empuñadura por uno de sus vértices. Así, de este modo, en cada una de las caras, volvía a aparecer aquel orgulloso caballo; símbolo del reino de Gnurk.
La capucha había quedado desprendida sobre su espalda; dejando la hermosa cabeza de la princesa Giurka a la luz del candil que, aún, sostenía con su mano izquierda. Su melena, verde oliva, se había liberado y caía, a lo largo de su espalda, como una gran cascada de esmeraldas. En su frente, una liviana y diminuta, aunque no por ello menos trabajada, corona hacía, a la vez, de diadema: sujetando todos los cabellos para evitar
que cayeran sobre su hermosa, y llena de vigor, mirada. Todos, a excepción de un rebelde mechón que, huyendo de la opresión que el ornado aro ejercía sobre los demás, se deslizaba por el lateral de la frente de la joven. Delante de la misma y, sostenido por la corona, figuraba el emblema del reino.
Así, se presentó la princesa Giurka ante Gionna y Gika.
— ¡Abre el portón del establo! —ordenó Giurka a Gika, señalándole con el índice de su mano derecha las puertas mientras ofrecía, en pos de mando, el candil a Gionna.
Gika obedeció de inmediato. Entretanto, Gionna recogió, lentamente, el candil que su prima le ofrecía.
Una vez realizada esta operación, sujetó, con su mano libre y repleta de nerviosismo, la pierna de Giurka. Entonces, susurrándole, le dijo:
— ¡Prima…! —Mirándola a los ojos, mostraba una expresión llena de aflicción.
No tuvo las fuerzas suficientes como para proseguir, pues, con un violento y seco movimiento de su pierna izquierda, Giurka hizo entender a Gionna que deseaba que alejara la mano de su cuerpo. Ésta, pese a no hacerlo de buen grado, la retiró.
—Haz lo que debas, Gionna —dijo Giurka con su mirada alzada e impasible—. Yo sé qué debo hacer.
En ese momento, el gran portón de caoba de las cuadras quedó, con la ayuda de Gika, abierto. El sonido de la lluvia, que hacía ya tres cuartos de hora que caía, invadió la estancia donde se encontraban las tres mujeres.
Haciendo uso de sus talones, la princesa espoleó su montura y, sin dar tregua al tiempo, partió, rauda, hacia la torre oeste de la colosal fortaleza.
Mientras atravesaba el patio, la incesante lluvia le golpeaba el contraído rostro; fruto del desalentador destino que preveía, inminente, ante sí.

La enorme ciudadela estaba rodeada por unos inmensos muros de más de treinta metros de altura. Las paredes, formadas con inconmensurables rocas negras del Desierto de Gnurk, rodeaban una superficie total de cerca de cien kilómetros cuadrados. De ésta, veinticinco quedaban destinados al gran patio central que, en esos momentos, se encontraba encharcado por la incesante agua que caía.
A la derecha de Giurka; en la parte noreste del castillo, aguardaban las entradas a los barracones. Las puertas de éstos quedaban adornadas por dos inmensos triángulos equiláteros fabricados con oro blanco. Dentro de ellos, los mismos caballos encabritados podían contemplarse aunque, en esta ocasión, buscando la mirada de su semejante. Así, el que dominaba la derecha de las puertas buscaba a su homólogo a la izquierda de las mismas y viceversa. El contraste que reflejaban contra los negros muros realzaba la belleza que los orfebres, con gran maestría, les habían impreso. Casi, parecía que los dos corceles vivían, eternamente, dentro de aquellas gigantes piezas de metal.
Bajo éstos, sumergida en las entrañas de la tierra, reposaba la prisión: silenciosa y fría. Su entrada; cerrada por una fuerte puerta de metal negro con el símbolo del Reino de Gishonsda labrado en plata, afloraba a la superficie y quedaba dominada por dos hermosas, pero temibles, amazonas; justo al lado del emblema de la derecha. El cuerpo de las guerreras era esbelto y atlético. Erguidas, afrontaban la incesante y pesarosa caída de la lluvia sobre sus cuerpos. Bajo sus corazas, fabricadas con plata de fuego, se
encontraban sendas cotas tejidas con un metal negro como la pez. Sus piernas, protegidas hasta las rodillas por unas elásticas botas de piel de búfalo, quedaban fortificadas por una funda metálica, forjada por la misma plata de fuego, que endurecía la potencia de sus vigorosas espinillas. El resto de sus piernas quedaba cubierto por unos pantalones anchos, ligeramente abombados y de color negro, que ocultaban sus perfectas y atractivas formas. Sobre sus espaldas, sujetas por unos broches de plata con la forma del Triángulo de Gishonsda, reposaban sendas capas de color negro para protegerlas del intenso frío que acompañaba a la intransigente agua que caía. A sus cintos, quedaban amarradas las curvas vainas, de color negro con adornos de plata, de sus temidas cimitarras; de las cuales afloraban los mangos de sus armas, mostrándose poderosos y ricamente trabajados en el arte de orfebrería. Sus fuertes, elegantes y hermosas manos sujetaban, enfundadas en guantes de malla de metal negro —reforzados con placas de plata de fuego muy bien predispuestas para facilitar el movimiento de sus elásticos dedos—, largas y desafiantes lanzas. Éstas estaban realizadas con el mismo metal negro; sin duda, una aleación fuerte y liviana, a excepción de la punta del arma, que lucía un color rosado; producido por el efecto que creaba la plata de fuego ante la tímida luz que, entre los incesantes relámpagos de la noche, las alumbraba ocasionalmente. Sus yelmos, fabricados con la misma plata de fuego, cubrían, casi por completo, las cabezas de las amazonas. Dos grandes huecos en forma de arco se abrían, paralelos y formando curiosas formas de relieves curvos —similares al arte mudéjar— a cada lado de la zona que quedaba destinada a proteger la nariz. Sobre la frente, lucía el triángulo de Gishonsda, esculpido en plata blanca que contrastaba con el rosado tono del material del casco. En lo alto, afloraba el trabajo de una magistral orfebrería bajo la forma de la cabeza de un caballo de no más de diez centímetros de altura y, tras él, nacía una cola de, aproximadamente, setenta y cinco centímetros de longitud; formada con auténticos pelos negros de las colas de los corceles.
Así, de este modo: estáticas como rocas, vieron cruzar a lo lejos, como si de un espectro se tratara, a su princesa; iluminada, fugazmente, por la luz de algún relámpago que acompañaba, esporádicamente, a aquel temporal. Una mirada de turbación recorrió sus ojos que, en ese momento, se cruzaron. Sin embargo, decidieron, dado el rango de la caballista, mantener su posición de guardia.
No obstante, les fue imposible evitar que un pequeño grado de inquietud se apoderase de ellas.

El caballo negro de Giurka —de los más grandes corceles que había en el reino— casi volaba por sobre la embarrada arena del patio de la fortaleza.

Al cabo de cinco minutos, la princesa, empapada en agua, descendió de su montura y, abandonando a su corcel a las manos de una mujer que, vestida con la indumentaria del ejército del reino, protegía la puerta de caoba, desapareció a través de ella.
De este modo, la princesa Giurka penetró en la torre oeste del castillo.

Mientras tanto, en los establos, Gika se apresuraba para que Gionna reaccionara. La joven, que no estaba mojada más que por su propio sudor; pues había corrido bajo la protección que los balcones de la muralla proporcionaban a los pasillos del agua de la lluvia con el claro propósito de evitar ser vista por demasiadas guardias, se plantó frente a la sobrina de la reina. Su mirada describía una preocupación y un temor que, por completo, eran desconocidos en las de su raza.
— ¡Alteza Gionna —interpeló la muchacha—, debemos impedir que la criatura se convierta en hombre! Éste es el momento que, desde nuestros más inimaginables orígenes, hemos temido. —La capitana guardó silencio; pensativa.
» ¡Es Él! —dijo mientras colocaba su mano derecha sobre su hombro izquierdo; tratando de hacerla reaccionar sin aparente éxito.
» ¡Él ha nacido! —repitió, con mayor ímpetu, mientras la zarandeaba ligeramente.
Las palabras de la joven golpeaban, con más fuerza que una cimitarra sobre sus propias carnes, el corazón de Gionna. La mujer más valiente, vigorosa, admirada, querida y respetada del Reino de Gishonsda quedaba, ahora, destrozada por un mal que no tiene cura. Debía evitar que su primo, hermano de su querida Giurka, culminara en la posición que el Destino tenía para con él: ser el Amo del Triángulo de Gnurk. Con esto, sabía que el lazo de unión que tenía con su prima; no sólo de sangre, sino también de un cariño que sólo la amistad es capaz de forjar, quedaría roto e, irremisiblemente, se transformaría, por parte de la princesa, en un odio que, quizá, sólo la muerte podría aplacar.
» ¡Majestad! —Gika hizo que Gionna abandonara, momentáneamente, sus pesarosos pensamientos para hacerla regresar al solitario establo.
—Gika, ¿estás segura de que es Él? —dijo Gionna, sujetando a la joven por los dos brazos con firmeza y clavando sus ojos en los de ella; tratando de descubrir en ellos un indicio de titubeo que, por supuesto, no afloró en ningún momento.
—Completamente, majestad —respondió, casi de inmediato -, lo he visto con mis propios ojos. Yo estaba allí cuando la reina dio a luz a la criatura. Es el nacimiento de un varón. ¡Sí —exclamó—, un varón entre nosotras! Además —se atrevió a sujetar el brazo izquierdo de su señora para enfatizar aquello que decía—, El Triángulo ocupaba todo su diminuto pecho —respiró un instante y, tras espirar una bocanada de aire de sus pulmones, cerró los ojos y siguió hablando.
»Lo he visto, sí —suspiró—. Pese a que su madre, majestad —las lágrimas acudieron a sus ojos—, estaba muy empeñada en que quedara oculto ante la vista de las que estábamos allí; con el fin de que no pudiéramos identificarlo.
—La Reina…lo ocultaba. Claro…—musitó, divagando, la bella mujer.
—No, majestad —contestó Gika a la vez que rompía las elucubraciones de Gionna—. La Reina Giolva estaba exhausta. Tal vez —aclaró— no tarde en morir; tal como dictaminó el ancestral Oráculo.
» ¡Era su madre, majestad! ¡Era la hermana de la Reina: Gienna, hija de Ghilla, quien evitaba que lo pudiéramos ver! —Su voz se ajó, igual que se quiebra una prematura flor abierta a las heladas primaverales, mientras decía aquello.
— ¿Mi madre? —contestó Gionna con sorpresa y, quizá, con una mota de temor en el tono de su voz.
—Sí, majestad. ¡Por eso, es menester que partamos aprisa!
En ese instante, Gionna quedó paralizada. Las ideas revoloteaban en su mente. Pese a tener el apoyo incondicional de la guardia, iba a enfrentarse de pleno a los seres que ella más estimaba: su prima Giurka y su madre. La decisión era sencilla. Las consecuencias, no.
Por un momento, temerosa de los efectos que se derivarían, dudó. Quizá el Oráculo se había equivocado. Gionna, no obstante, sabía que esa idea era absurda. Entre su raza, formada exclusivamente por seres femeninos, había nacido el Hombre que, con el tiempo, se convertiría en la materialización del Mal. ¡No! No debía volver la espalda a su Sino; por muy temible que fuese éste. Ella siempre había sido una guerrera: una valerosa capitana del reino de Gishonsda.
— ¡Gika —alzó la voz con poder y autoridad—, trae mi caballo!

Habrían pasado cuatro o, tal vez, cinco minutos desde que Giurka partiera. Transcurridos unos pocos más, Gika se presentó ante Gionna con dos corceles. El primero de ellos era de color blanco y el segundo tenía un color pardo que, ante tan poca claridad, parecía ser de un turbio gris. En pocos segundos, el cuerpo ágil y esbelto de Gionna aparecía, imponente, sobre el desnudo lomo del hermoso y ebúrneo corcel. Sus crines, largas, caían a lo largo del fuerte cuello de la cabalgadura. Era un hecho maravilloso poder contemplar a los miembros de esta raza encaramadas a sus bestias. Su extrema agilidad y conocimiento de los caballos les permitían montarlos sin necesidad de silla, rienda o cualquier otro instrumento que precisaran para dominarlos. Era como si estos corceles fueran, en el momento de transportar a las gishonsdah, una extensión de sus cuerpos. Además, ellos no hubieran permitido el uso de estos utensilios que, sin duda, humillaba e insultaba a los de su raza.
Como un espectro, Gionna atravesó el portal de las cuadras, enfrentándose a la gélida lluvia. Durante la carrera, recién salida de los establos, lanzó el candil al suelo para que su aceite rebosara y comenzara a arder, lentamente, sobre el lodo y bajo la fuerte tromba de agua que caía.
Tras ella, montada en el precioso caballo pardo, iba Gika. Las guardias que bloqueaban la única entrada a las celdas sintieron que un pavor les recorría y congelaba la sangre en el momento en el que vieron a esas dos mujeres cabalgar por donde, poco antes, lo había hecho la princesa. Las caballistas se veían diminutas; dada la amplia distancia que las separaba de ellas. Sin embargo, la potente luz que arrojaban los relámpagos sobre aquellas figuras las hacía inconfundibles frente a las guardias.
Todas en la fortaleza estaban expectantes al nacimiento de la criatura de la reina Giolva. Sabían que la Profecía debía cumplirse en esa Era. No obstante, había quien aún atesoraba esperanzas en que el azorado momento no llegara a acontecerse.
Es por eso que, en aquel instante, las guardias se temieron lo peor. Por eso mismo, no dudaron acerca de quiénes eran aquellas intérpretes; actuando en una obra que se les antojaba funesta y trascendental.

Tras varios minutos, que a Gionna le parecieron interminables, llegó a las puertas de la torre oeste. Después de una rápida ojeada, se sorprendió al observar que el corcel de
Giurka no se encontraba allí. Su temor afloró e invadió todo su cuerpo; sus brazos y piernas —firmes y seguras habitualmente— flaquearon; revistiéndose de temblores incontrolables. El pelo de la nuca se le erizó con un desagradable cosquilleo que le atravesó la espina dorsal.
Sin esperar un segundo más, bajó de su montura y, sin prestar atención al saludo oficial que le brindó la guardia, penetró en la torre.

La estancia se encontraba vacía. Una gran mesa de madera de roble gobernaba el centro de la sala como el más destacable de los ornamentos de aquel salón. Frente a la puerta, al otro lado del recinto, alumbraba tenuemente el fuego de una chimenea que, desesperado, trataba de alimentarse de los restos que le ofrecían las últimas maderas ya carbonizadas. A los lados, nacían dos puertas sólidamente cerradas. En el extremo izquierdo de la sala, junto a uno de los portones, ascendía una escalera en forma de caracol que, dando acceso a cada una de las plantas de la torre, lograba culminar frente a la entrada de la sexta: la sala donde había dado a luz la agonizante reina Giolva.
En ese instante, Gika accedió al salón por la puerta que había atravesado, anteriormente, Gionna. Entonces, ésta ordenó a su teniente que esperase en la primera planta para impedir que nadie entrara y que, por supuesto, tampoco pudiera salir sin el conocimiento de la sobrina de la reina.
En ese momento, Gionna comenzó a ascender, con prudencia, aunque con decisión, por la escalera.
Las plantas se sucedieron, una a una, tras sus livianos pasos; todas las puertas que en cada una de ellas se mostraban estaban cerradas. Así, finalmente, alcanzó el último de los pisos. Allí, contrariando la naturaleza que regentaba la sólida edificación, terminó por hallarse ante una mortecina luz que, estéril, se derramaba hasta los últimos escalones por los que ascendía; arrojándose, como si clamara al silencio, desde la abierta puerta de la cámara de la reina. Un extraño olor, cálido y molesto, obnubiló los sentidos de la recién llegada. El hedor de la muerte se hacía notar a través de la abertura.
Gionna respiró profundamente, tragó saliva y, con decisión, atravesó el umbral.
El panorama con el que se encontró fue desolador. En el centro de la habitación, se hallaba un lecho grande; ocupando el corazón de la sala. Sobre él, reposaba una sábana blanca con grandes manchas rojas por casi toda su ebúrnea superficie; destacando notablemente en su parte media. Bajo ésta, se adivinaba lo que debía ser la figura de alguna persona fallecida. Al parecer, las palabras que, poco antes, mencionara Gika habían culminado del modo más cruel y desalentador para las esperanzas de todas: convirtiendo, asimismo, en verdad la visión que el Oráculo había vaticinado. Sin embargo, la crudeza de aquel espectáculo sobrepasaba toda su imaginación y no pudo evitar que un espasmo de dolor la desgarrara desde el fondo de su ser en una especie de gemido. La reina Giolva, hija de Ghilla, había sucumbido a la muerte, tras lo que aparentaba haber sido una agonía salvaje y despiadada, para viajar al lejano reino de los difuntos; dominio de Möjh.
El suelo, con grandes marcas de sangre; negras y resecas, brillaba, tristemente, bajo el temblor de los pocos candiles que, aún encendidos, abrazaban la dramática escena. En las paredes negras se reflejaba el silencio y la calma que procede de la desgracia y el
infortunio. Las sombras abrazaban, melancólicas, el resto de la estancia. Postradas, a ambos lados de la cama, se encontraban las sirvientas de la difunta reina. Sus llantos, silenciosos, oraban en la sala; recordando la grandeza de la muerta. Sus cabellos, que ahora tomaban un matiz ennegrecido a causa de la poca claridad, quedaban recogidos en rodetes formados por sus largas trenzas verdes. Los ojos, enrojecidos por el llanto, estaban cerrados; inmersos en el dolor que las atenazaba. Sus ropajes, de ricas y lujosas sedas, estaban sucios de sangre y de desesperación. Ninguna de ellas hizo ademán alguno por descubrir quién era la persona que acababa de penetrar en la estancia.
Gionna quedó petrificada bajo el umbral de la puerta al contemplar el desolador interior de la estancia. Sus temores la invadieron desde la boca del estómago; haciendo que sus piernas flaquearan, que su vista quedara nublada por una niste neblina, que la cegó por un instante, y que su cabeza diera vueltas hasta que, al fin, hubo de sujetarse, con su mano izquierda, en el quicio de la puerta.
A los pies del ensangrentado lecho, sentada en una silla de madera de roble, reposaba Gienna; hija de Ghilla y madre de Gionna. Su mirada, que nacía de unos ojos grandes de color gris perla; bañados, ahora, en una humedad reseca, reposaba inerte en un punto fijo; sin sentido. Esa mujer, cuya impasible naturaleza la había hecho ser reputada de una frialdad e impasibilidad extremas, había llorado hasta derramar, por entre sus lágrimas, la vida más cálida de su corazón. Asimismo o, tal vez, a causa de ello, su pensamiento tampoco se encontraba entre aquellas paredes.
Su rostro, a pesar de los ciclos, era aún más hermoso que el de su propia hija y, en absoluto, había perdido parte de la luz que lo bañara en su juventud. La Gracia que gobernara en la Era en la que nació fue, sin duda, mayor que la que concibió a Gionna. Su juventud, eterna, no ocultaba sin embargo la experiencia que de sus rasgos afloraba. Su pelo, de unos añiles colores salpicados por diferentes tonos verdes, quedaba recogido en una trenza que caía a lo largo de su, en aquel instante, encorvada espalda; soportando sobre ella el dolor al que se enfrentaba. Al final de la misma, un pasador, fabricado en plata de fuego; luciendo un triángulo invertido con una flecha representada dentro de él, impedía que el peinado de deshiciera. Su piel morena era extremadamente fina y dejaba ver un cutis que competía, en belleza y hermosura, con el de cualquier Deidad. Su cuerpo estaba enfundado en una túnica blanca con bordados de oro. Las rojas manchas; de reseca sangre, alertaban del dolor que, recientemente, había reinado en los aposentos; dejando tras de sí el paso de una amarga melancolía.
Gionna corrió hacia su madre y, sujetándola por su hombro derecho; tratando de devolverla a aquella oscura habitación, le increpó:
— ¿Dónde está, madre?
La voz de la mujer sonó áspera en aquella dolorosa sala. No hubo eco y, el timbre de su son, se perdió entre aquellos gruesos muros de roca desnuda.
Gienna, sin embargo, no levantó, tan siquiera, la cabeza. La voz que había quebrado el silencio, pese a ser dulce y grácil, pareció chillona e impertinente en la estancia. La recién llegada se percató de ello y guardó silencio por un instante, observando con extrañeza a su madre: serena y estática; como si de una vieja estatua se tratara.
Tras unos pocos segundos, la joven se postró ante el regazo de Gienna y sacándola finalmente de su impávido trance con una leve agitación de sus hombros, mirándola a los ojos, volvió a preguntar:
— ¡Madre, debes contestarme! ¿Dónde está la criatura? —Miró en derredor, con desesperación, para terminar clavando sus ojos sobre los de la senescal—. ¿Dónde está Giurka?
Tras esto, como si despertara de un incómodo duermevela que la había mantenido al margen de la vida durante siglos, Gienna, lentamente; pero con vigor, levantó su mirada hasta que se encontró con la de su hija. Una expresión llena de extrema tristeza y de profunda melancolía le cubría el rostro. Más de mil ciclos se mostraron, entonces, a través de aquella fina y tersa piel.
—Llegas tarde, Gionna. —Su voz resultó árida y desgarradora—. Tus primos están ahora a salvo de tus necios temores. —Una sonrisa llena de tristeza y de pesadumbre afloró en el hermoso rostro de Gienna—. ¿Crees que iba a permitir que la estupidez de vuestras mentes acabara con la vida de mi sobrino?
— ¡Madre! ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo puedes…? —no pudo terminar la frase.
Gienna se irguió, orgullosa, mientras retiraba a su hija hacia atrás. Su altivez se mostró, espléndida, entre tanta pesadumbre. Sus hombros, firmes, dejaron adivinar la grandeza de aquella mujer. Sus ropajes, pese a ocultarlo, permitían adivinar la belleza de aquel cuerpo esbelto y bien formado. Parecía como si, entre tanta oscuridad, una luz refulgiera del interior de aquella dama: la Senescal del Reino de Gishonsda.
— ¿En serio has pensado, alguna vez, que podrías eliminar a tu primo; la sangre de la sangre de mi hermana? —Mientras iba hablando, su tamaño parecía, cada vez, mayor—. ¡Mi sangre! —Su mirada se clavó sobre los ojos de Gionna con rigor.
— ¡Madre! Ese niño es poseedor del Triángulo de Gnurk —trató de justificar su propósito—y tú eres consciente de eso. ¡No puedes permitir que recubra Aasm de dolor!
— ¡Estúpida! ¿Cómo puede ser que aceptes, tan ciegamente, una leyenda como algo cierto? —guardó silencio por un instante; manteniendo la fuerza de su mirada sobre su hija—. ¡El único dolor que siento es el que tú, ahora, me infliges! ¿Cómo puedes ponerte en contra de tu propia familia?
El pensamiento de Gionna se volvió, nuevamente, contra sí. «Quizá, ella tuviera razón. Quizá, estaba equivocada y se había dejado llevar, como su madre le decía, por las creencias del Oráculo. No. ¡No podía ser mentira! La muerte de la reina, el nacimiento de un varón, el triángulo en el pecho… No. ¡No podía ser incierto! El camino sería duro y llenaría su alma de heridas. No podía volver la espalda a su Sino; fuera el que fuese».
Turbada y llena de desesperación, Gionna empuñó su cimitarra, desenvainándola con un rápido movimiento, y, con los ojos arrasados en lágrimas, amenazó, colocándole el afilado metal sobre el cuello, a su madre. La desesperación se había apoderado de ella.
— ¡Dime dónde están! —Las lágrimas resbalaban, ya, por sus mejillas.
Gienna, lejos de amilanarse, rio.
— ¡Bien, Gionna, hija mía! Veo que harás cualquier cosa para llevar a cabo tu malintencionado plan. —Sus ojos se clavaron, gobernando ahora a un rostro serio y
severo, sobre los de su hija—. ¡Guardia de la reina, a mí! —dijo con una voz llena de autoridad y de fuerza.

Casi de inmediato, cinco amazonas, tras franquear el dintel de la puerta de la habitación, apuntaban, con sus lanzas, contra el cuello de Gionna. Ésta quedó paralizada. La única señal que evidenciaba la existencia de vida en ella consistía en las lágrimas que, rodando con debilidad, se deslizaban, taciturnas, por sobre sus mejillas. Entonces, como si despertara de un extraño y horrible sueño, bajó el arma que, lentamente, abandonó el cuello de su madre; dejando, tras ella, un pequeño corte del cual brotó una diminuta lengua de sangre. En ese instante, con una presteza militar, la desarmaron y amarraron sus muñecas tras la espalda con unos grilletes fabricados en un negro y pesado metal.
—No te olvides —dijo Gienna con una sarcástica sonrisa que ocultaba la amargura de su corazón— de que, a falta de la reina y de sus sucesores: sus hijos, yo poseo la senescalía del reino de Gishonsda. ¡Ahora —prosiguió mientras realizaba un firme movimiento de su mano; que dejaba clara la repudia que sentía, en ese momento, hacia su hija—, lleváosla!
— ¡Madre, estás cometiendo un error que habremos de pagar a un alto precio! —gritó Gionna mientras franqueaba, forcejeando, el dintel de la puerta que conducía hacia las escaleras—. ¡Madre, escúchame! ¡El Oráculo…!
— ¿El Oráculo? —En ese momento, las guardias detuvieron su avance y, sin soltar a su prisionera, esperaron a que la Señora del Reino hablara—. ¿Qué puede saber alguien que vive en la soledad absoluta, en el abandono de la compañía que brinda una familia? Alguien que, jamás, ha conocido lo que es el amor por otro ser. ¿Qué puedes esperar de alguien que no entiende nada acerca de los dolores y los suplicios que acarrean sus desatinadas palabras? Alguien, en definitiva, que jamás ha conocido lo que es la muerte de un ser cercano.
»No. No quiero escuchar estupideces de esa índole. ¡Tiempo ha que debía haber suprimido de las cabezas de mi gente esas absurdas y crueles creencias!
» Lo peor de todo —continuó, con una profunda amargura en el tono de su voz— es que hayas sido tú: mi hija, la impulsora del dolor que ahora arrasa y pisotea mi familia —una nota de desazón afloró por su garganta para quebrar su voz durante un breve instante—. ¡La sangre de mis venas; que es la tuya! —gritó plagada de furia.
— ¡Pero madre, no debes…!
En ese momento, la Senescal había vuelto a sentarse. Había caído derrotada en aquella butaca repleta de dolor y de desesperanza. La guardia había vuelto a retomar, junto con la prisionera, su rumbo hacia las celdas.
Mientras descendían por la escalera, la voz de Gionna aún resonaba en la estancia, cada vez más débil, tratando de justificar sus razones a su madre. Sin embargo, Gienna ya no la escuchaba. La cálida sangre que brotaba del leve corte que el arma de su hija le había provocado en el cuello no la incomodó en absoluto. Sus pensamientos, entonces, cayeron tristemente al ver que, en menos de una hora, había visto cómo su familia quedaba destrozada y con una herida que supuraría durante mucho tiempo. Tal vez, una herida que jamás llegaría a sanar.
Al fin, cubriéndose el rostro con ambas manos, se echó a llorar.
Las sirvientas, que hasta ese momento habían permanecido expectantes ante los acontecimientos que se habían sucedido en la sala, corriendo a postrarse a su lado, se unieron a ella y dejaron que el dolor se derramara, lánguidamente, por aquellas lágrimas.

4 respuestas a Preludio – La sombra de Gnurk

  1. Susanna dijo:

    Quiero massssssssss!!!!!! Me gusta muchooooooo

  2. J.G.González dijo:

    Calidad y embaucador, enhorabuena.

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